Refugiados en Grecia muestra decadencia de la Unión Europea

Atenas, Grecia.- Los refugiados atrapados en Grecia revelan la insensibilidad de los líderes de cada país de la Unión Europea (UE), la insensatez de un continente supuestamente rico y adelantado en políticas a favor de los derechos humanos. Europa no solamente es incapaz de brindar ayuda humanitaria digna a sirios, iranís, afganos –entre otros– que huyen de la guerra, la violencia y los regímenes religiosos totalitarios, los europeos ejercen la marginación y el encierro como herramienta de control: carecer de papeles vuelve a los hombres invisibles.

En Atenas, Grecia –como en otras partes del país helénico–, se advierten campamentos improvisados por el Estado para congregar a los refugiados. En la estación Eleonas viven cientos de iranís y sirios, y en los alrededores se palpa la pobreza, la desigualdad en la que viven decenas de hombres y mujeres cuyos hijos permanecen en una especie de esperanza rancia por lo que implica una segregación forzada y difícil de revertir.

Grecia experimenta una crisis económica que se palpa en cada calle, en cada rincón de Atenas. El movimiento anarquista florece en las plazas más céntricas, también los movimientos xenófobos y fascistas, y a su vez los refugiados han hecho suyas ciertas zonas, como Omonia, el centro de la ciudad, donde hoy en día es complicado ver un griego. También crece la mafia, los paquistanís y los albaneses han aprovechado la crisis humanitaria para un negocio millonario: en Victoria Square se consiguen documentos falsos por 5 mil euros, con el riesgo del engaño o recibir papeles sin la calidad esperada. También es punto de delincuentes que ofrecen menores de edad a pervertidos y casas de sexo cuyas puertas permanecen abiertas las 24 horas. Los barrios de Victoria son desoladores y en sus aceras es fácil encontrarse con adictos a la heroína y a otras sustancias.
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Los censos de refugiados en Grecia no son fiables. El gobierno señala que hay alrededor de 65 mil, pero datos no oficiales –de organizaciones no gubernamentales– suman más de 100 mil hasta éste 2016. La realidad, pese a los números, es que ningún refugiado se quiere quedar en Atenas, o al menos no la mayoría, porque hay casos de hombres y mujeres en los que han decidido buscar la residencia para sobrevivir y, en un futuro, salir del país.

Es el caso de Adel, un refugiado iraní que vive en el campamento número 1 de Eleonas. Su caso, a diferencia de otros, tiene una luz de esperanza, ya que ha encontrado apoyo en la iglesia bautista, uno de los puntos –junto con otras iglesias– de reunión de varios refugiados, sobre todo musulmanes que han cambiado de religión.

“Cuando vine a Grecia era con el objetivo de ir a otro país, como Alemania, ahora no, porque he encontrado a dios. Las personas que encuentren a dios en el mundo dejarán de pelear”, me explica Adel entre las láminas de su casa, en un reducido cuarto enclavado dentro del campamento Eleonas.
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“Los refugiados en otros países, como en Alemania, viven en mejores condiciones que aquí, no tan buenas pero mejores que en Grecia. La situación en Grecia es muy mala, tenemos muchos campamentos y en el verano es muy caliente y en el invierno muy frío. La calidad de la comida no es buena, nos dan algo pero como no es buena muchos la tiran, no la comen. Hace 4 meses llegaron algunas organizaciones que han empezado a dar un poco de dinero a los refugiados”, me relata.

La mayoría de los refugiados llegan en barco, después de una odisea en la que muchos mueren. El puerto de Pireo, meses atrás, se convirtió en parada obligada. Hoy ha disminuido el ingreso de refugiados, ya que las políticas griegas han cambiado: la deportación inmediata se instauró en marzo de éste año y el riesgo se incrementa para los osados que buscan una mejor vida o, simplemente, una oportunidad.

Pese a la complicada realidad griega, los refugiados no son víctimas de odio, a diferencia de otras partes de Europa. En general el griego es amable y convive pacíficamente con los migrantes. Sin embargo, el Estado no muestra el mismo rostro, ya que enfoca sus esfuerzos en una recuperación financiera difícil de alcanzar, al menos en un mediano plazo.

El derecho al asilo en Europa no se aplica del todo, salvo en Alemania, que ejerce un trato menos indigno con los refugiados. Los campamentos –y en peores casos lo Centros de Internación para Extranjeros (CIE), los cuales en España son cárceles para los indocumentados– son una clara evidencia de que a Europa no le interesa ponerse de acuerdo sobre el trato humanitario que deben tener los miles de refugiados. Es decir, cada país aplica sanciones y represión en diferentes escalas con los refugiados; por tal razón, todos buscan al país germano como si se tratase de su salvación.

Hadi, ex refugiado afgano, llegó a Grecia hace 10 años. Huyó de su país debido a las secuelas que genera la violencia y la guerra. Tardó 7 años en obtener su residencia. Hadi ha visto de cerca cómo empeora cada vez más la situación para los desplazados, quienes llegan a Grecia por ser un país de tránsito, no por un anhelo de quedarse.
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“La mayoría es de Siria, Afganistán e Irán. He estado en tres campamentos en Grecia, hay alrededor de 4 y están en mala situación. Todo está mal, como la comida, y en verano tienen mucho calor y frío en invierno. No hay un buen baño, hay enfermedades también”, señala Hadi, quien añade:

“Ahora es difícil que entren los refugiados a Atenas, la frontera está cerrada, también les roban, por eso muy poca gente viene”.

Hay refugiados que han intentado salir del país griego en más de 10 ocasiones, como el caso de “Marc” –le llamaremos así para respetar su anonimato–. “Marc” es iraní y llegó a Grecia hace 10 meses. Tuvo que escapar de su país porque el régimen religioso lo puso en su lista de disidentes. “Marc” no tiene trabajo y sobrevive del dinero que sus padres le envían. Es ingeniero y habla inglés fluidamente. Su meta es llegar a Alemania y, en un futuro, regresar a su país. “He intentado cruzar la frontera en autobús y por avión. He comprado pasaportes falsos y me han descubierto. La última vez fue el mismo policía. Me dijo, ‘la próxima vez’, ‘la próxima vez’. Es decir, son buenos, pero no pueden dejarme pasar por las políticas”.

“Marc” me lleva a conocer los barrios donde viven los migrantes. La mayoría se conoce, se saludan. Hay una importante comunidad iraní en Grecia, algunos con papeles, la mayoría permanece en esa invisible línea que traza el ser refugiado en un país pobre.

“Voy a intentarlo de nuevo, tengo que salir. La gente es muy amable en Grecia, pero vivimos en una especie de cárcel, no podemos salir de aquí, no podemos trabajar. No podemos vivir”, me dice mientras bebemos una cerveza en Omonia.

Las historias de los refugiados son desoladoras. Muchos no tienen opción. Los desplazados en Europa anticipan un retroceso en un continente con doble moral, con líderes con discursos falsos. Europa está en deuda con el mundo tras saqueos, guerras y genocidios. Europa no está a la altura para solucionar la situación de los refugiados.