El capitalismo mata

Belfast, Irlanda del Norte.- Todo es un negocio y todas sufrimos sus consecuencias. Basta con advertir la expansión de empresas transnacionales en el mundo, especialmente en territorios frágiles de Latinoamérica, Asia y África, para entender cómo las secuelas del sistema neoliberal trastocan violentamente la vida de las personas.

57989074_1113354095515198_2488607448345083904_n
Nación Aymara. Fotografía: Carlos Underwood.

Miles de familias experimentan despojos y amenazas por el crecimiento de las granjas industriales, como en Guatemala, por la demanda global del aceite de palma. En México, empresas españolas (con capital italiano), como Endesa o Iberdrola, engañan a campesinos y ejidatarios para apoderarse de sus tierras, lucrar con el viento y benefician a un puñado. Las compañías aéreas ICE Air e Iberia, entre otras, se benefician económicamente con las deportaciones masivas de migrantes sin papeles.

Las secuelas del capitalismo son inagotables: miles de desplazados mueren anualmente en los mares del Mediterráneo por leyes inhumanas -y en la frontera de México y Estados Unidos, o de Ceuta y Melilla-, por la voracidad de las petroleras y minas que arrasan y contaminan pueblos, regiones enteras. Proliferan las cárceles privadas que obtienen dinero gubernamental a cambio de vidas, de gente que huye de la guerra, del cambio climático y el hambre. En fábricas en Bangladesh se visibiliza la explotación de mujeres por alimental la industria textil y saciar el apetito consumista de los occidentales a través de Primark. Cada día enferman personas por su exposición a químicos. Se ha demostrado, por ejemplo, que el agente BFR (retardantes de llama bromados), utilizado en muebles, plásticos y textiles, es tóxico para el cerebro: como consecuencia las estadísticas de cáncer son cada vez más alarmantes. Crece diariamente la explotación y mano de obra infantil por parte de empresas como Inditex. Mueren miles de personas en el planeta por el contacto con venenos como el glifosato, de la multinacional Monsanto, o las medicinas de Bayer. La educación privada, impulsada por bancos, gana terreno, así como los servicios sociales pasan a manos de empresas. Asesinan a periodistas y activistas por defender los derechos humanos, y sus nombres se diluyen en números fríos, cifras desgarradoras: este año han muerto 247 defensores de los derechos humanos, fueron silenciados por defender sus tierras, sus pueblos indígenas y sus derechos ambientales y culturales.

58383300_2626984003981828_5343007915441651712_n
Tribunal de La Haya contra Monsanto. Fotografía: Carlos Underwood.

La epidemia del capitalismo rebasa cualquier tipo de ética y sentido moral, de valores humanos. La lucha por los derechos humanos es necesaria, más que nunca: nuestro mundo, como lo conocemos, muere lentamente. Se agotan los recursos naturales del planeta, las mineras devastan indiscriminadamente las selvas, poblados, países. En la última década se ha consumido un tercio de estos recursos. En Estados Unidos queda menos del 4 por ciento de los bosques. Amazonas pierde más de 2 mil árboles por minuto. El 40 por ciento de las reservas de agua ya no son potables. El 90 por ciento de las empresas son responsables de 63 por ciento de las emisiones globales de co2 y metano, lo que se traduce en muertes y desplazados climáticos. La carrera corporativa por los recursos naturales sitúa a millones de personas en riesgo de explotación y abuso. Los animales son amenazados y su existencia peligra por la destrucción sistemática de su hábitat, una devastación causada por intereses comerciales. Todo es un negocio.

En el comercio se utilizan más de 10 mil químicos sintéticos. Nuestro cuerpo está contaminado de tóxicos, de plásticos debido al consumismo desmesurado. La mayor parte de alimentos procesados que ingerimos son tóxicos. En Estados Unidos la industria emite 2, 000,000,000 millones de tóxicos al año que afectan a la salud humana, al planeta. La violación de los derechos humanos a nivel mundial es indiscutible y alarmante.

Todo esto daña a las personas, a los animales y a todo el planeta, pero las huellas son desproporcionadas. Cada país, de cada región, sufre consecuencias a diferentes escalas, pero los países de África, Asia y América Latina son más vulnerables por sus riquezas que busca controlar el sistema capitalista.

58379865_2348010215420093_3605168438428827648_n
Playa del Carmen, Quintana Roo, México. Fotografía: Carlos Underwood.

El lingüista, activista político y filósofo Noam Chomsky señala que aproximadamente la mitad de las acciones de todas las instituciones empresariales existentes son propiedad del uno por ciento de la población más rica. Y el 80 por ciento de la población sólo tiene el cuatro por ciento de las acciones de las corporaciones. Si las instituciones empresariales son las dominantes dentro de todo el entramado institucional -como la monarquía o los partidos políticos-, ¿cómo influyen en la sociedad? El mundo pertenece a unas cuantas familias.

El intercambio de bienes y servicios es necesario para nuestra existencia individual y colectiva, ya que es una forma de organización social. El problema radica en que estas instituciones funcionan como individuos encima de la ley, no existen normas específicas de regulación gubernamental y no se cumplen los convenios internacionales establecidos. Actualmente se tiene conocimiento de que los gobiernos conservadores, con sus políticas neoliberales, favorecen al capital para apoyar a las instituciones dominantes. Los gobiernos no apoyan al capital nacional, ceden al capital transnacional a través de las privatizaciones, la desreglamentación y permiten la deslocalización, el deterioro de la legislación laboral donde los trabajadores y las clases populares pierden por medio del refinamiento de una legislación represiva y otros aspectos.

El capitalismo comenzó en forma de asociaciones de personas constituidas legalmente para realizar una función, existían especificaciones claras en sus escrituras emitidas por el Estado y no tenían propiedad ni podían ser dueños de otras empresas. Después de la Revolución Industrial se produjo una explosión de estas empresas, las cuales obtenían subsidios estatales, como los bancos, fábricas, etcétera: en su momento se dieron cuenta que necesitaban más poder y eliminaron las barreras que les impedían seguir creciendo.

Conforme estas pocas personas, propietarias de la riqueza, se hicieron más fuertes, el alcance económico de las empresas se tradujo en otras formas de poder: cultural, político y social (como hacer sus propias leyes y gestiones). Por ejemplo, actualmente financian, dirigen ejércitos y aprueban leyes en parlamentos de forma indirecta. ¿Donde está el problema? Su único y principal objetivo es la obtención del beneficio económico para el capital, es decir, el establecimiento de las empresas. No importa el planeta, las personas, ni los animales, no hay valores que regulen sus acciones y las secuelas son inhumanas.

transnacionales
Belfast, Irlanda del Norte. Fotografía: Carlos Underwood.

Actualmente vivimos en la era de la globalización transnacional. Según las Naciones Unidas más de la mitad del comercio mundial proviene de las empresas transnacionales (de las 100 mayores economías del mundo, 70 son empresas de esta índole), y más de un tercio de ese comercio se compone de transferencias de bienes entre distintas ramas de la misma transnacional. Dos tercios de las transacciones de bienes y servicios combinados dependen de las operaciones de las empresas transnacionales. Desde esta óptica, el objetivo del capital es crear el marco propicio para una organización económica internacional en la que la libre circulación de mercancías y de capitales no encuentre el más mínimo obstáculo. Al eliminar las barreras comerciales, los mercados se amplían más allá de las fronteras nacionales, se agudiza la competencia internacional en una escala superior y la competitividad se convierte en el objetivo central de todos los gobiernos, y se condiciona tanto su política económica como su política social.

Estas instituciones realizan una producción en la que intervienen factorías repartidas en muchos países y abastecen a un mercado mundial. Entendieron cómo organizarse para producir sus productos a un precio más bajo. A cambio, los consumidores y trabajadores sufren los resultados.: hombres y mujeres esclavizados para seguir manteniendo un sistema de consumismo desmedido.

Nucleares
Central nuclear de Cofrents, en el País Valencià. Fotografía: Carlos Underwood.

La descomposición del sistema productivo no se realiza en una misma fábrica, ni siquiera en un mismo país. La tecnología y el bajo coste del transporte facilita que se reparta en países diferentes. La empresa aprovecha las diferencias en los costes de los medios de producción para rebajar el producto. Además, una empresa puede contratar a otras para que realice algunas tareas en el mismo país u en otro, así ahorran en stocks al trasladar los almacenes a las empresas proveedoras que asumen el riesgo (externalización), esta externalización permite la subcontratación. Es decir, una empresa contrata a otra para que, bajo sus diseños y sus instrucciones, realice las piezas o las operaciones que la primera necesite. La subcontratación permite diluir las responsabilidades de la empresa principal, hasta el punto que los trabajadores realmente no sepan quién es su verdadero jefe. Por último, la desclocalización, el traslado de la empresa a otros países a bajo costo. La empresa mejorara el control de sus mercados y aumenta sus beneficios, motor de su actividad empresarial.

Cuando las ventajas iniciales en el país de llegada se agotan, una nueva deslocalización se pondrá en marcha. La deslocalización conlleva mejora de los beneficios empresariales, pero las consecuencias negativas son para la población trabajadora. Si para el capitalismo las personas nos convertimos en mano de obra para trabajar y consumir, la deslocalización de una empresa supone la rotura de esa cadena que une al trabajar con el consumir para poder trabajar. Y al dejar de ser trabajadores, dejamos de ser consumidores. Las consecuencias son conocidas. Por una parte, empobrecen el tejido industrial del país y su capacidad de producir riqueza. Desaparecen actividades industriales de importancia. Las regiones en que las empresas están situadas, si consisten en regiones de poca densidad industrial, pueden transformarse en desiertos económicos y sociales. Las zonas desindustrializadas tienen dificultades para rehacerse, disminuyen sus perspectivas de futuro.

58377901_2074987566133336_3282651273928638464_n

Los poderes fácticos exigen al Estado que no haya empresas públicas y sólo proteja a las privadas, y en la etapa del capital internacionalizado se considere que son las empresas transnacionales las que puedan tirar de la economía de un país. El Estado tiene que “atraerla” a su territorio, y como hay muchos que las quieren, compiten entre sí para captar empresas y capitales. ¿Cómo? Dándoles todas las facilidades posibles para que se instalen: subvenciones, impuestos bajos, una legislación laboral favorable, repatriar los beneficios, y, por supuesto, ningún impedimento para que se vayan cuando quieran. Mientras más débiles estén las fuerzas populares, más fácil es para los estados llevar a cabo esta estrategia.

Nos encontramos en una situación en que los capitales mundiales únicamente quieren libertad para operar sin problemas, sin costos económicos ni políticos. Pero no sólo los estados llevan a cabo esta desregulación, son forzadas por las instituciones internacionales que esparcen una política económica neoliberal: el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la OCDE, y, muy importante, la Unión Europea (UE). Exigen a los estados que establezcan medidas de “liberación” comercial, financiera y desregulación de la economía para que las transnacionales actúen como quieran. Según estas instituciones, esto estimula la competitividad global y beneficia a todos los habitantes del planeta.

Porpiedad
Campos vinícolas de Requena, España. Fotografía: Carlos Underwood.

Las autoridades públicas de los países ricos pueden exigir a las empresas que cumplan normas respecto a la seguridad, higiene y otras condiciones de trabajo, como la duración de la jornada, pago de impuestos, y más recientemente, reglas ambientales. Pero los niveles de exigencia no son iguales en todos los países. Las autoridades establecen normas limitadas. El sistema capitalista es complejo: el capital productivo ya no consiste sólo en empresas, se han desarrollado en redes de empresas transnacionales con relaciones muy complicadas entre sí.

¿Qué podemos hacer?

Esta es la gran pregunta, muchos hablan de derrotar al sistema pero no sabemos cómo. Es necesario tomar conciencia, asumir nuestra responsabilidad social como ciudadanos consumistas y exigir una democracia real y participar en las decisiones políticas que nos conciernen. ¿Cómo?

En necesario organizarnos, tomar decisiones responsables en nuestra vida cotidiana, como ya sucede con ejemplos de economías locales solidarias, proyectos como el de basura cero, energías cien por ciento renovables y otras iniciativas desde abajo, desde el pueblo, desde nuestras decisiones de consumo individuales como dejar de usar plástico y sustituir productos por otros reutilizables. Existen muchas iniciativas que podemos hacer individualmente. Es necesario empoderarnos y empoderar a las instituciones y organizaciones cívicas, las democráticas y responsables, sobre todo en los países más ricos del mundo para reclamar que los derechos humanos sean una realidad, que los objetivos del milenio sean una realidad. Que se establezcan leyes que regulen un marco legal e integral sobre estas empresas y su responsabilidad social con los derechos humanos, un tratado global internacional para establecer pautas claras. Sólo es posible con la participación activa de todos y todas, con revueltas sociales.

En estos últimos meses somos testigos de manifestaciones masivas en todo el mundo, por el feminismo, por el cambio climático, por los derechos sociales. Es esperanzador.

NiñosCambio9
Protesta contra el cambio climático, en Belfast, Irlanda del Norte. Fotografía: Carlos Underwood.

Somos sociedad por los vínculos que creamos, y sabemos que el sistema nos divide, debemos construir relaciones sólidas, respetar la diversidad, fortalecer vínculos y finalmente participar social, democráticamente con conciencia e información donde residamos. La transformación social es una tarea no sólo del poder público, también de toda la sociedad en general. Es necesario para una sociedad compartir mínimos morales que faciliten al individuo su sentimiento de pertenencia a un determinado grupo y permitan su cohesión social y convivencia real. Si queremos una sociedad más justa, debemos convertirnos en ciudadanos responsables de nuestros deberes, solidarios y conscientes de nuestra responsabilidad como consumidores.

Es necesario exigir una educación de calidad desde todas las instituciones empezando por la familiar, la base que sustenta nuestras decisiones, nuestros pensamientos, nuestras creencias.

La extrema derecha gana terreno político a nivel mundial, y genera que otros movimientos desde abajo fortalezcan sus valores e ideales. España, por ejemplo, paulatinamente partidos minoritarios adquieren poder político, escaños en parlamentos con una “aparente” democracia y voluntad para asegurar, con nuestra participación, cumplir estas leyes de regulación y acercarnos más al ideal del respeto de los derechos humanos.

El objetivo final no es remodelar el sistema ni institucionalizarse. No creo en los políticos, es fundamental derrumbar al sistema. Debemos empezar por apoyar a partidos democráticos minoritarios porque no hay otra salida, y aunque el sistema caerá por su propio peso, porque es insostenible, cuando ocurra puede ser demasiado tarde para el planeta. No más impunidad.

57170586_596616337511967_8971488452805656576_n